domingo, 10 de marzo de 2013

Salamanca

Somos un grupo al que le gustan las tradiciones; pero, por desgracia, nuestra preferida solo sucede en verano. 

Todos los años, cuando terminan los exámenes de julio y conseguimos reunir dinero suficiente, hacemos la maleta y desaparecemos unos días del mapa. ¿Nuestro escondite? Alberguería de Argañán, un pueblecito ganadero de la provincia de Salamanca situado a tan solo dos kiómetros de la frontera con Portugal.

Cuando tenía siete años mis padres compraron en Alberguería una antiquísima casa señorial dispuestos a restaurarla; pero lo cierto es que, a día de hoy, todavía quedan cables sueltos y techos sin pintar. 

Ellos jamás lo admitirán pero la obra se nos fue de las manos

Tiramos paredes, techos y muros de carga, que levantamos de nuevo para asegurar los cimientos. Construimos un segundo piso y unimos la "casa de los señores" con las habitaciones de los criados. Restauramos los muebles y herramientas de campo que quedaron en la casa y saneamos las tuberías y la red de electricidad. 




La obra fue de tal magnitud que en el pueblo comenzaron a especular sobré qué estaríamos construyendo. La creencia de que se trataba de una "casa de chiquitas" (así llaman allí a los prostíbulos) parecía ser la más extendida. A mi madre le preguntaban a todas horas "¿Pero vais a traer extranjeras o qué?". Ella no se cansaba de repetir que no estábamos construyendo ningún prostíbulo y que por supuesto no íbamos a llevar chiquitas.



La expectación era tal que la gente nos pedía que les dejásemos entrar en la casa para poder ver cómo iba la obra. Se llegaron a crear auténticas visitas guiadas por las habitaciones, en las que la gente toqueteaba los muebles y buscaba alfombras de terciopelo rojo o espejos en el techo que confirmasen sus sospechas.

Este tipo de visitas me incomodaban e hicieron que, a mis escasos siete años, llegase a odiar ese lugar. Pero lo cierto es que, gracias a la infinita paciencia de mis padres, con el tiempo los albergaños dejaron de hablar de "la casa de chiquitas" y yo, con algo más de cabeza y edad, aprendí a querer a ese lugar como a ningún otro. 

Doce años después agradezco infinitamente a mis padres que no se diesen por vencidos, ya que gracias a ellos tenemos una casa suficientemente grande para reunirnos todos en verano. 

Podría explicaros por qué es nuestra tradición preferida, pero dicen que una imagen vale más que mil palabras...¿no?




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