Con más de 400 puestos -y puede que demasiadas ramificaciones- el rastro ofrece todo tipo de curiosidades. Desde cajas de cerillas de los años 60 hasta figuritas de bronce de alguna religión lejana.
Cuando íbamos de regreso al coche me paré a fotografiar la figurita de un camello. El puesto pertenecía a dos hombres que hablaban y fumaban distraídos, sentados en destartaladas sillas de playa. Cuando saqué la cámara de la mochila uno de ellos, el más joven, me llamó diciendo "tss tss". Al principio pensé que iba a pedirme que no hiciese fotos, pero lo cierto es que me preguntó si podía "sacarles un retrato" a ellos.
El hombre se echó a reír cuando me acerqué a enseñarle la fotografía. "¡Pero si se puede ver! ¿No tienes que revelarlo antes?". Le expliqué que ya no hace falta y me comprometí a enviarles una copia si me daban su dirección de correo electrónico. El hombre me miró y negó con la cabeza. "No tengo de eso, pero tengo dirección postal. ¿Sirve?".
Apuntó su dirección en una bolsa de plástico y me la dio ilusionado.
Son padre e hijo y se llaman Enrique y Damian.
"Hoy no ha ido muy bien. Ultimamente nunca va muy bien, pero aquí seguimos. De algo hay que vivir, ¿no?"
"Hoy no ha ido muy bien. Ultimamente nunca va muy bien, pero aquí seguimos. De algo hay que vivir, ¿no?"
Estuvimos charlando y acordamos que le enviaría la foto a cambio de una de sus figuritas. Enrique me estrechó la mano y se dirigió, algo más animado, a contarselo a su padre.
Ese día no llegué a comprar nada, y para colmo me tocó sentarme en la parte de atrás del Panda, pero con momentos así ¿a quién le importa?
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